El reloj marcaba exactamente las 8.30 de la mañana del 27 de agosto de 1896 cuando el cónsul británico en Zanzíbar, Basil Cave, entró en el palacio del sultanato y se enfrentó cara a cara con Khalid ibn Barghash, que un día antes se había apoderado del trono con un golpe de Estado. Cave no perdió tiempo en protocolos y sus primeras palabras fueron un ultimátum: si no abdicaba antes de las 9 de la mañana de ese mismo día, los británicos le declararían la guerra.

—Nosotros no tenemos ninguna intención de retirar nuestra bandera y no creemos que ustedes abran fuego sobre nosotros —le respondió Khalid con arrogancia.

—Nosotros no queremos abrir fuego, pero a no ser que haga lo que le fue dicho, lo haremos —dijo entonces el cónsul con su particular flema.

Luego dio media vuelta y abandonó el palacio sin apresurarse. Con ese diálogo quedó sellado el comienzo de la guerra más corta de la historia, con una duración de apenas 38 minutos, un lapso menor que un tiempo de un partido de fútbol o el que lleva ejecutar una sinfonía.

El sultanato de Zanzíbar, que ya no existe, era un territorio insular del Océano Índico, cerca de la costa africana de Tanganica, que en la actualidad forma parte de Tanzania. Por esos años tenía una economía floreciente, producto de una ubicación que lo había convertido en un centro neurálgico del comercio ilegal de esclavos, marfil y especias. También una pieza sensible en el tablero del poder colonial. A lo largo de su historia, la isla había estado bajo el control portugués entre 1499 y 1698, cuando los europeos fueron expulsados y quedó nominalmente en la jurisdicción de los sultanes de Omán. Siguió así hasta que en 1858 el sultán local Majid bin Said declaró a la isla independiente del poder omaní, con el reconocimiento del Reino Unido y de Alemania, que en un principio la mantuvo en su órbita.

Los sucesores de Majid bin Said establecieron la capital y la sede del gobierno en la llamada ciudad de piedra de Zanzíbar, donde levantaron un complejo frente al mar que incluía un palacio de Gobierno, otro palacio ceremonial y un harén anexo. Los tres edificios estaba interconectados por puentes cubiertos de madera que se elevaban por encima de las calles. Se lo llamó la Casa de las Maravillas y fue el primer edificio de África Oriental que tuvo energía eléctrica. Lo que no tenía eran construcciones de defensa.

En uno de los tantos acuerdos que las naciones europeas firmaron a lo largo del Siglo XIX para repartirse los territorios africanos, en 1890 Alemania transfirió el control de Zanzíbar al Reino Unido. Desde entonces, el sultanato “cooperó” con la administración británica, que estableció allí un protectorado bajo su tutela, pero manteniendo la estructura de poder local. En ese arreglo, Londres reservaba para un inglés el puesto de primer ministro y se arrogaba el derecho de aprobar o no el nombramiento de un nuevo sultán. Así seguían las cosas en 1893, cuando ascendió al poder con el visto bueno de los británicos el sultán Hamad ibn Thuwaini, que estrechó aún más la “cooperación” con el poder colonial británico.

Esa “armonía” entre dominadores y dominados cambió abruptamente el 26 de agosto de 1896, cuando el sultán murió de manera tan repentina como sospechosa y su sobrino Khalid ibn Barghash ascendió al trono mediante un golpe de Estado, sin esperar la aprobación británica. El autoproclamado sultán tenía ideas que amenazaban el statu quo y pretendía frenar el creciente control del Ejército británico dentro de la isla y, sobre todo, se oponía a la inminente abolición, propiciada por Londres, del comercio de esclavos. El candidato de los ingleses era otro: Hamud ibn Muhammad, un hombre que ya había dado muchas pruebas de fidelidad al imperio. Por esas razones, bien temprano a la mañana siguiente, el cónsul británico le presentó a Khalid una opción de hierro: o renunciaba o tomarían la ciudad para instalar por la fuerza a Hamud en el trono.

Una guerra relámpago

Cuando el cónsul Cave abandonó la reunión poco después de las 8.30 llevándose la negativa de Khalid, el sultán ya había reunido a la guardia real en el palacio, dispuesto a defenderlo del ataque británico. Además del millar de hombres de su guardia, Khalid contaba con otros 1.800 hombres, la mayoría de ellos civiles y esclavos, con armas antiguas y de baja calidad, entre ellas varias piezas de artillería de poco poder y una pequeña flota naval con el yate del sultán, el HHS Glasgow, como nave insignia. Del otro lado, los británicos disponían de tres cruceros, dos cañoneras y unos 900 soldados bien armados. En otras palabras: un ejército profesional, con armas modernas y bien equipado, contra una defensa rudimentaria, sin recursos y formada en su mayoría por civiles y gente sin experiencia militar. La desproporción de fuerzas era enorme.

Los británicos no perdieron el tiempo. A las 9.02, apenas dos minutos después de que venciera el plazo del ultimátum, sus barcos Racoon, Thrush y Sparrow abrieron fuego de manera coordinada. En cuestión de minutos, el palacio del sultán quedó reducido a escombros. El fuego naval también destruyó la nave Glasgow y neutralizó las posiciones de la artillería de Khalid.

La resistencia por tierra, compuesta en su mayoría por civiles armados, fue incapaz de enfrentarse a los soldados británicos. El bombardeo cesó alrededor de las 9:40, cuando el palacio y el harén anexo estaban incendiados, la artillería enemiga silenciada y la bandera del sultán derrumbada. El recuento de bajas da cuenta de la desproporción de fuerzas: hubo 500 defensores muertos contra un solo marinero británico gravemente herido.

Los últimos minutos del enfrentamiento fueron dramáticos, con defensores encerrados en lo que quedaba del palacio sin que nadie les diera órdenes. Un corresponsal de Reuters relató que el sultán “huyó al primer tiro con todos los líderes árabes, pero dejaron a sus esclavos y a sus seguidores para que siguieran luchando”. Efectivamente, apenas sonaron los primeros cañonazos, Khalid salió del palacio y se refugió en el consulado alemán, que estaba apenas a una cuadra de distancia y al que los británicos se cuidaron bien de no tocar con sus balas para evitar un conflicto diplomático que podía dañar sus relaciones con otra nación europea.

Del poder al exilio

El reinado de Khalid ibn Barghash había durado menos de dos días. Refugiado en el consulado alemán con cuarenta de sus seguidores, se negó a salir. Los británicos posicionaron tropas alrededor del edificio para que no huyera y reclamaron al cónsul que lo entregara, pero el tratado de extradición firmado por el Reino Unido y Alemania excluía específicamente a los presos políticos. Después de consultar con Berlín, el cónsul prometió enviar a Khalid al África Oriental Alemana para “evitar que pusiera un solo pie en Zanzíbar” en lo que le quedara de vida.

Así, el trono quedó en manos de Hamud ibn Muhammad, aunque con poderes mucho más limitados que los de sus predecesores. Poco después abolió la esclavitud por orden de los británicos. Los seguidores de Khalid fueron castigados a pagar las reparaciones para cubrir los costos de la munición empleada contra ellos y los daños causados por los saqueos, que sumaban 300.000 rupias. El harén, el faro y el palacio fueron demolidos debido a que los bombardeos habían dañado seriamente su estructura. El lugar se convirtió, entonces, en un área de jardines y el nuevo palacio se levantó en el espacio que antes había albergado al harén.

A Khalid lo sacaron de la isla el 2 de octubre a las 10 de la mañana, cuando el SMS Seeadler de la Marina Imperial germana llegó al puerto y, con la marea alta, envió un bote hasta los jardines mismos del consulado para embarcarlo, cumpliendo la promesa de que no volvería a poner un solo pie sobre la tierra isleña. Lo llevaron a Dar es Salaam, donde permaneció exiliado hasta que fue capturado por las fuerzas británicas en 1916, durante la Campaña del África Oriental Alemana de la Primera Guerra Mundial. Lo mantuvieron prisionero primero en las islas Seychelles y más tarde en la isla Santa Elena hasta que finalmente le permitieron regresar al África Oriental, donde murió en Mombasa en 1927.

Cicatrices de un conflicto

Los días de Zanzíbar como sultanato también estaban en cuenta regresiva. En 1963 el archipiélago consiguió la independencia del Reino Unido como una monarquía constitucional, pero las tensiones étnicas entre árabes y africanos llevaron poco después a una sangrienta revolución en la que el sultán fue derrocado, varios miles de árabes e indios fueron asesinados y otros miles expulsados; sus propiedades fueron confiscadas por el nuevo Gobierno de la República de Zanzíbar y Pemba. En el mes de abril, la nueva república alcanzó un acuerdo con la vecina Tanganika, uniéndose para formar el 26 de abril de 1964 Tanzania, un nuevo país en el que Zanzíbar se constituyó como una región autónoma.

Cuando se cumplen 130 años de la guerra más corta de la historia, en las paredes de la Ciudad de Piedra de Zanzíbar, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco, todavía se pueden ver las marcas de las balas y los cañonazos disparados por los barcos británicos en los escasos 38 minutos que duró el conflicto.