Roberto “el Polaco” Goyeneche murió el sábado 27 de agosto de 1994, a las 14.30, en un hospital porteño. Tenía 68 años, llevaba semanas internado y la causa fue una neumonía, en un cuadro agravado por décadas de tabaco y alcohol.

La noticia no sorprendió a nadie. El Polaco estaba enfermo desde hacía tiempo y Buenos Aires lo sabía. Pero eso no amortiguó el golpe. Argentina se quedaba sin una de sus figuras más reconocidas del tango, incluso de mucho más allá del tango.

Roberto Goyeneche nació el 29 de enero de 1926 en el barrio de Saavedra, en el seno de una familia vasca. La casa quedaba a ocho cuadras del viejo estadio de Club Atlético Platense y a esa misma distancia del Parque Saavedra. Ahí creció, ahí vivió y ahí murió.

La herencia musical del Polaco

La música le venía de familia, aunque por una rama que su madre prefería ignorar. Un tío suyo, al que no llegó a conocer pero de quien heredó el nombre Roberto, había sido pianista y encabezado su propia orquesta de tango. Había musicalizado obras de Enrique Cadícamo y de Horacio Ferrer. La madre del pequeño Roberto no quería saber nada con ese mundo nocturno y de dudosa reputación. Pero al pibe le picó el bichito igual.

A los doce años ya trabajaba en un estudio jurídico. Compraba la revista El alma que canta, que publicaba las letras de Gardel, Magaldi y otros grandes de la época. El tango le había entrado por los ojos antes de que se le instalara en la voz.

A los 15 años se presentó en un concurso de voces nuevas en el Club Social y Deportivo Federal Argentino. Ganó. El premio era un contrato para cantar con la orquesta del violinista Raúl Kaplún. La alegría en la familia duró poco: el trabajo era de noche y en un cabaret.

“Convencí a mi vieja para que me autorizara”, recordó años después. “Al cabaret los menores no podían entrar pero, como sostén de mi familia, me lo permitieron. Eso sí: yo cantaba, pero apenas terminaba me encerraban en una salita con un sandwich y una gaseosa. Cuando la orquesta terminaba, Kaplún me acompañaba hasta la parada del tranvía 35. Mi viejo me esperaba en una parada: nunca olvidaré la mirada de alivio que tenían sus ojos cuando me veía llegar, relató el Polaco.

Rondando los 20 años, su rutina era cantar a las dos de la tarde en el café Marzotto, luego en el Sans Souci, después en Radio Belgrano y casi a la medianoche en un cabaret llamado Ocean. Eso no podía durar. Cuando su madre murió, prometió no volver a cantar.

El día que dejó el tango

Cumplió la promesa. Se puso a trabajar como taxista, como mecánico y finalmente como chofer de la línea de colectivos 219, que unía Once con Puente Saavedra. En 1948 se casó con su novia del barrio. Un año después nació el primero de sus dos hijos.

En las madrugadas, cuando el colectivo iba casi vacío, el Polaco cantaba para amenizar el viaje. Una noche de 1952 lo escuchó Juan José Otero, representante de Horacio Salgán, y le ofreció hacer una prueba. El fervor por el tango pudo más que la promesa: volvió a cantar.

Con Salgán, el rubio de Saavedra llamó la atención desde el primer día. “¿Y este polaco quién es?”, preguntó alguno de los músicos al verlo llegar. El mundo del tango estaba acostumbrado a los morochos: Gardel, el ídolo máximo, era el Morocho del Abasto. Pero la pregunta sobradora no lo amedrentó. De aquel interrogante un tanto canchero nació el apodo con el que se volvería popular para siempre.

Con la orquesta de Salgán grabó diez temas, entre ellos su primer gran éxito, Alma de loca. Pero no abandonó el colectivo: con Salgán no se ganaba lo suficiente y había que laburar en otra cosa.

Conoció a Aníbal Troilo casi de casualidad, durante un homenaje a Osmar Maderna en el café Nacional. Goyeneche cantaba con la orquesta de Salgán cuando entró Pichuco y los murmullos del público lo interrumpieron. El Polaco pidió silencio, terminó su actuación y Troilo lo llamó. “Quería probarme”, contó Goyeneche. “Me dijo que nunca había visto un cantor de tangos que fuera rubio, y menos aún, que lo hiciera bien”.

Fue Troilo quien terminó de bautizarlo el Polaco cuando lo convocó para su orquesta. Y fue Troilo quien le enseñó lo que ningún conservatorio hubiera podido enseñarle. “El Gordo me decía: ‘Hay que contarle al público; no cantarle. De cantar se encarga la orquesta’. Pichuco me enseñó a cantar las comas, los puntos; a no acentuar equivocado”, recordó el Polaco en el libro La vida de Roberto Goyeneche, de Matías Longoni y Daniel Vecchiarelli.

Su etapa con Troilo

Entre 1956 y 1963 estuvieron juntos. El ensayista Gustavo Varela lo describió en Clarín: “La cara de la resistencia era la del Gordo Troilo y la voz de esa resistencia la del Polaco. Los rubatos de Troilo eran los fraseos del Polaco; el vigor tembloroso de Goyeneche era la fortaleza triste del Gordo. Los dos del whisky y los dos de la noche larga y sin permisos”.

La separación fue dolorosa. “Un día vino el Gordo y me dijo: ‘Bueno, pibe: llegó la hora de que deje la orquesta’”, contó el Polaco. Troilo le susurró al despedirse: “Va a llegar el día en que nos volvamos a cruzar y ya no va a ser Goyeneche con la orquesta de Troilo, sino Troilo acompañando a Goyeneche.” Lloraron los dos.

Con Troilo, el Polaco se había hecho Goyeneche. Pero la Argentina de esos años no era fácil para el tango. Bill Haley y sus cometas, el rock, la minifalda, el Di Tella. Las orquestas se desmembraban y se volvían tríos o cuartetos. La televisión le daba al Club del Clan dos horas semanales mientras el tango apenas si aparecía en pantalla.

Goyeneche resistió. Grabó con Armando Pontier, con Raúl Garello, con Atilio Stampone y con Baffa-Berlingieri. Siguió con su repertorio de los años de oro y lo reinventó cada vez. El músico y compositor Atilio Stampone afirmaba que “el Polaco es la antítesis de Gardel”, porque con su parafraseo de las letras le descubrió al gran público las historias que contaban las canciones.

En 1965 abrió Caño 14 y el Polaco encontró su territorio. En 1968 se incorporó al elenco estable del lugar. Ahí se consolidó como figura solista. Y en 1969 tomó una decisión que muchos consideraban un riesgo: grabar Balada para un loco, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, en plena grieta entre los que veían a Piazzolla como la evolución del tango y los que lo consideraban una herejía. El disco simple vendió 75.000 copias en pocos días.

Con los años también fue operado de la garganta, en 1979. Hubo notas a las que no llegó nunca más. Pero dejar de interpretar no era una opción. Se acentuó el fraseo, ese recitado inconfundible, y la cirugía no truncó nada. En mayo de 1982, en seis noches en el Teatro Regina, cantó junto a Piazzolla. El público recuerda todavía ese ciclo: La última curda, Chiquilín de Bachín, Balada para un loco y Cambalache. Sobre el escenario, el Polaco movía las manos, transpiraba, se secaba, golpeaba el piso con los pies. Se brindaba a pleno en el espectáculo.

En 1985 llegó el reconocimiento internacional con el espectáculo Tango Argentino en el Teatro Châtelet de París, junto a Horacio Salgán, el Sexteto Mayor, Jovita Luna y Elba Berón. La aceptación fue tal que emprendieron una gira por Francia, Italia, Estados Unidos y Canadá.

Una noche en el City Center de Nueva York, el micrófono inalámbrico dejó de funcionar mientras cantaba la primera pieza. El Polaco hizo una seña a los músicos, la orquesta bajó el volumen y su voz, sin amplificación, llegó a toda la sala. Cuando terminó La última curda, la ovación duró una eternidad. Después de ese viaje no volvió a alejarse de Buenos Aires: extrañaba demasiado.

El cine llegó con Pino Solanas. En Sur (1987) el Polaco actuó y cantó. Solanas contó en Página/12 que hubo una escena que Goyeneche temía filmar. El director le dijo que era un ensayo. Cuando terminaron las tomas y todos aplaudieron, el Polaco exclamó: “¡¿Qué... me estaban filmando?!”, entre las risotadas de todos. Y sí, lo estaban filmando.

El encuentro con el rock nacional

Esa película también fue el puente con las nuevas generaciones. Fito Páez compartió con él una escena y lo consideró su padre espiritual. Ricardo Mollo, el cantante de Divididos, lo definió sin vueltas: “El tango y nuestra música hablan de lo mismo, de lo que sucede en las calles. Si hubo un primer punk en la Argentina fue el Polaco Goyeneche. Él contaba las mismas historias y con la misma mezcla de rabia e ironía que ahora cuentan los punks, sólo que lo hacía en ritmo de tango”.

Litto Nebbia, que lo conocía de cruzarse en los pasillos de la discográfica RCA, produjo sus últimos discos cuando ya nadie lo llamaba para grabar. Adriana Varela lo conoció al comienzo de su carrera en el café concert Homero, en Palermo. Él la descubrió y le aconsejó dedicarse a cantar. Para la Gata, el Polaco era “el lenguaje”.

Ricardo García Blaya, fundador de Todo Tango, lo describió con una precisión notable: “Su dicción era perfecta, aún en los últimos años de su vida cuando la decadencia de su voz, lejos de mellar su popularidad, lo elevó a la categoría de mito viviente”.

El Polaco mismo tenía claro de dónde venía su manera de cantar. “Hay que contarle al público”, repetía lo que le había enseñado Troilo. Y así lo hizo hasta el final: contando cada tango como si fuera la primera vez, como si los versos fueran nuevos, como si nunca los hubiera cantado.

En 1993 grabó Amigos, su último álbum, junto a Néstor Marconi, Litto Nebbia y Adriana Varela, entre otros. Poco después registró una versión de Los Mareados junto a Mercedes Sosa. Fue una de sus últimas grabaciones.

Ese sábado de agosto de 1994 de hace 32 años, con el cielo encapotado sobre Buenos Aires, el Polaco murió de día. Él, que había dicho alguna vez que “el día me hace mal” y que era “amigo de la Luna”, se fue a las 14.30, con el sol tapado por las nubes.

En Saavedra, su barrio de toda la vida, lo extrañan. Recuerdan a ese hombre que sacaba las jaulas con sus jilgueros a la vereda, se sentaba en una silla en ojotas, pantalón corto y camiseta, y fumaba sus cigarrillos negros. Así era el Polaco.