“Todavía hay cartas de porte en papel y falta un sistema integrado, con radiofrecuencia u otras tecnologías, que dé trazabilidad automática desde que la carga baja en el puerto hasta que llega a destino”. A partir de esa mirada, Franco resume una de las asignaturas pendientes del sector. Con casi diez años en la logística eólica, repasa los desafíos de transmisión eléctrica, el transporte de cargas sobredimensionadas y el rol que empieza a tener la inteligencia artificial en la toma de decisiones.

¿Cómo ves la actualidad del sector eólico y qué desafíos le encontrás?

La tendencia de las energías renovables está hoy un poco a la baja por el auge del gas, pero la eólica viene creciendo hace al menos diez años a un ritmo constante, cerca de un 8% interanual en capacidad instalada. El principal desafío no es la capacidad instalada, sino la de transmisión: las redes de media y alta tensión quedaron chicas para todo el potencial energético que trajo esta industria.

¿Cómo es hoy el volumen que representa la eólica dentro de la matriz energética?

Las renovables representan alrededor del 15% de la matriz energética nacional, y la eólica específicamente cerca del 11%, un número bastante bueno para una industria todavía joven. Hay unos 70 parques en el país, con cerca de 900 máquinas de última tecnología. El problema no es la capacidad instalada: hay parques, sobre todo en la Patagonia, que trabajan por debajo de su potencial porque esa energía no se puede transmitir y se desperdicia.

¿Qué particularidades tiene la logística en la industria eólica: transporte, mantenimiento, instalación?

Los principales desafíos tienen que ver con los volúmenes de carga: son todas cargas sobredimensionadas, con palas, nacelas y torres que se transportan en convoys y generan trastornos en el flujo normal del tránsito. A eso se suma un problema de infraestructura: las trazas son chicas y muchas veces hay que cortar una vía completa para que pase el convoy.

¿Y cuando el parque está más alejado de un puerto o de una ciudad grande?

Ahí los desafíos cambian, porque cambian las jurisdicciones: hay que pedir permisos municipales, provinciales y nacionales, y hacer un road survey, un relevamiento de todo el trayecto para ver si hay puentes, bajos o rotondas muy cerradas. Además, al principio de esta industria los transportes no tenían el know how ni la tecnología para mover estos volúmenes, y eso se fue puliendo con los años.

¿Qué lugar ocupa hoy la tecnología en la toma de decisiones logísticas?

Hay un potencial enorme en inteligencia artificial que todavía no se termina de aprovechar, sobre todo para la toma de decisiones en tiempo real y el procesamiento de los grandes volúmenes de datos que salen de la operación. Todavía hay cartas de porte en papel y falta un sistema integrado, con radiofrecuencia u otras tecnologías, que dé trazabilidad automática desde que la carga baja en el puerto hasta que llega a destino.

¿Hay alguna operación en particular que recuerdes con orgullo o que te haya marcado?

El primer día del primer proyecto eólico en el que trabajé, en Neuquén, llegó un tramo de hormigón de 50 toneladas pero no habían llegado las cunas para apoyarlo, porque estaban trabadas en la aduana. Encontramos en las instrucciones que se podía usar cunas de bolsas de arena, así que fuimos a un pueblo cercano a comprar sacos y las llenamos con pala. Es lo que más me gusta de la logística: gestionar la incertidumbre y resolver con las variables que hay.

¿Cómo le explicarías a alguien que no sabe nada del tema la importancia de la logística en tu rubro?

En la construcción de parques eólicos es central, porque se trabaja con volúmenes de carga gigantes y los tiempos en obra, sobre todo de las grúas de montaje, son altísimos. La grúa no puede estar parada nunca, así que toda la logística desde el puerto hasta el parque tiene que estar súper aceitada, porque la operación no puede parar.