El martes pasó algo que hace un año parecía imposible: los kurdos sirios anunciaron el fin de su propio ejército. Desde el Palacio del Pueblo en Damasco, el comandante Mazloum Abdi dijo la frase que resume catorce años de guerra: “Anunciamos hoy el fin de la misión de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) y declaramos, con plena responsabilidad, su disolución”.

¿Qué eran las FDS? Una alianza de milicias, con los kurdos como columna vertebral, que Estados Unidos armó en 2015 para pelear contra el Estado Islámico. Fueron, durante años, la fuerza más efectiva contra los yihadistas en el terreno. A cambio de esa alianza, terminaron controlando casi un cuarto de Siria: petróleo, ciudades, fronteras, un gobierno propio. Ahora, todo eso pasa a manos de Damasco, sin disparos ni resistencia.

¿Por qué ahora?

La respuesta corta es: porque a los kurdos no les quedaban muchas más opciones. En enero de este año, el ejército sirio lanzó una ofensiva que en pocas semanas les quitó a las FDS alrededor del 80% del territorio que controlaban, según datos del Global Conflict Tracker del Council on Foreign Relations. Ciudades como Raqa y Deir al Zor, que los kurdos habían liberado del Estado Islámico años atrás con miles de vidas, cambiaron de manos casi sin pelea, porque las tribus árabes que integraban las FDS se pasaron de bando.

A esa derrota militar se sumó algo todavía más determinante: Estados Unidos les soltó la mano. Washington fue el gran padrino de los kurdos sirios durante una década, pero después de la caída de Bashar al Assad en diciembre de 2024, el gobierno de Donald Trump apostó por construir una relación con el nuevo presidente sirio, Ahmed al Sharaa, y dejó de proteger a sus antiguos socios kurdos. Sin ese paraguas, seguir resistiendo no tenía sentido.

Lo que se firmó el martes viene de un acuerdo más viejo: Abdi y al Sharaa lo habían pactado el 29 de enero, y lo reforzaron en marzo con un marco que incluía garantías culturales y lingüísticas para los kurdos. Tardó ocho meses en concretarse porque había puntos muy delicados para resolver: las estructuras de mando militar, la gobernanza de las ciudades del noreste y, sobre todo, qué hacer con las combatientes mujeres de las FDS, algo que chocaba con la mirada más conservadora del nuevo gobierno sirio encabezado por al Sharaa, un ex líder yihadista que rompió con Al Qaeda antes de liderar la ofensiva que derrocó a Assad.

Qué gana cada uno

Damasco gana control real sobre todo el país. Según la Foundation for Defense of Democracies, el gobierno ya tomó los campos petroleros de Rumeilan y Suwaydiyah, las fronteras que antes manejaban los kurdos, el aeropuerto de Qamishli, y sumó a la nómina estatal a unos 20.000 empleados del sistema educativo del noreste. Es decir: junto al territorio ganó recursos e infraestructura clave.

Los kurdos, a cambio, consiguieron algunas garantías: sus fuerzas se integrarán al Ministerio de Defensa con al menos cuatro brigadas, su policía (la Asayish) pasará al Ministerio del Interior, y hay compromisos para enseñar y reconocer el idioma kurdo, explicó el analista Wladimir van Wilgenburg a la agencia EFE. También conservarán algo de autonomía local, como la alcaldía de Kobane. Pero perdieron lo esencial: la administración autónoma que tenían antes de este año desaparece. Es el final formal del Rojava, el utópico proyecto de autogobierno kurdo.

Turquía es la gran ganadora silenciosa. Desde 2016 presiona para que se desarme una fuerza que considera un brazo del PKK, el grupo armado kurdo que combate al Estado turco desde hace décadas, y llegó a lanzar tres operaciones militares contra los kurdos sirios entre 2016 y 2019. Ahora consigue casi todo lo que quería sin gastar una bala: incluso Abdullah Öcalan, fundador del PKK preso en Turquía desde 1999, calificó el acuerdo como un paso que “facilita y acelera” la pacificación con Ankara. Turquía y Arabia Saudita fueron, de hecho, de los primeros países en celebrar la noticia.

La dimensión geopolítica

Este acuerdo no es solo un asunto interno sirio. Encaja en un tablero mucho más grande que se está reacomodando desde la caída de Assad.

Para Washington es la prueba de que su apuesta por al Sharaa funciona: el enviado especial de EEUU para Siria, Tom Barrack, calificó el anuncio de “absolutamente histórico” y habló de un “liderazgo con visión de futuro”. No es un dato menor: significa que Estados Unidos, en los hechos, ya eligió entre sus dos aliados en la zona —los kurdos y el nuevo gobierno sirio— y se quedó con el segundo.

Por otro lado está Israel, que mira todo este proceso con desconfianza. Según un análisis del think tank Middle East Institute, Israel había mostrado preferencia por una Siria dividida y más débil, y algunos sectores llegaron a especular con un apoyo israelí a una eventual independencia kurda. De hecho, Israel viene bombardeando objetivos militares en Siria desde la caída de Asad para evitar que el nuevo gobierno sirio acumule demasiado poder, y mantiene una zona ocupada en el sur del país cerca de los Altos del Golán. Sin embargo, cuando Damasco avanzó contra las FDS en enero, se mantuvo al margen: la mano decisiva fue la de Estados Unidos. Turquía, al mismo tiempo, desconfiaba de la presencia militar israelí en el sur de Siria, por temor a que redujera la presión sobre los kurdos para negociar.

Y después está Irán, el gran ausente de esta historia comparado con los años de Assad. Damasco viene actuando activamente contra las rutas de armas iraníes hacia el Hezbollah libanés, lo que le abrió una ventana de acercamiento con Israel pero también generó fricciones con Teherán, que perdió a uno de sus principales socios en la región tras la caída del régimen anterior.

Lo que todavía no está resuelto

No todo quedó cerrado con el anuncio. Varios analistas advierten que hay dudas sobre cómo se va a organizar realmente el mando de las tropas kurdas dentro del ejército sirio. Rob Geist Pinfold, de King’s College London, resumió a Al Jazeera así el momento de los kurdos: perdieron poder de negociación “simplemente porque Estados Unidos dejó en claro que ya no goza de estatus protegido”. Además, el acuerdo obliga a que todos los combatientes extranjeros de las milicias kurdas —muchos vinculados al PKK— abandonen Siria, una condición que Turquía puso como innegociable.

En resumen: la disolución de las FDS marca el final de una etapa para los kurdos. Pero también es una pieza más de un rompecabezas donde Turquía gana influencia, Estados Unidos consolida a su nuevo socio, Israel observa con cautela y los kurdos sirios apuestan —sin garantías firmes— a que ser parte de un Estado unificado valga más que la autonomía que están dejando atrás.