
La vida diaria en la capital cubana transcurre entre largos períodos sin agua y la proliferación de bombas clandestinas, en un contexto marcado por el colapso del sistema estatal debido a la crisis energética y la corrupción.
En La Habana, la escasez de agua afecta a los vecinos y el acceso al recurso depende en gran medida de la capacidad económica de cada familia.
El deterioro de la red de distribución obliga a millones de personas a recurrir al mercado informal, donde las alternativas tienen un costo elevado y ninguna certeza de continuidad.









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