
¿Abrió la boca en la megacausa por asociación ilícita que se realiza contra ex autoridades policiales de Santa Fe y eso firmó su acta de defunción? ¿Quiso tomar mayor protagonismo en la barra brava de Newell’s a la que había llegado un año atrás y antes que pudiera lograrlo cinco balazos atravesaron su cuerpo? ¿Estaba armando un grupo para regresar a la tribuna de Rosario Central ahora que la banda Los Menores está cayendo en desgracia, tribuna de la que tuvo que huir cuando fue asesinado su líder, Andrés Pillín Bracamonte, y entonces eso desencadenó el desenlace fatal? ¿O fue simplemente un ajuste de cuentas de la tan temida organización narco presente en la vida de la ciudad santafesina?
Todas las hipótesis son plausibles cuando se habla del crimen de Juan José Gómez, alias Jotajota, ladero de Pillín en su momento, hombre de la facción Los Guerreros de la barra Canalla y mandadero del grupo Los Monos por largo tiempo en la zona Sur de Rosario. Un cóctel que mezcla los negociados del fútbol, la penetración de la droga, las actividades ilegales de la Policía y la certeza, una vez más por si hacía falta, que los barras son hinchas sólo de un color en particular: el verde dólar.
La noticia fría dice que Juan José Gomez fue asesinado esta madrugada en el barrio Itatí. Pasadas las 23 cuando llegaba a un complejo de departamentos en la calle Garibaldi al 2400 dos personas que presuntamente se habrían bajado de un Peugeot oscuro lo interceptaron y sin mediar palabra le descerrajaron cinco disparos. Los vecinos de la zona llamaron a la Policía y también llegó una ambulancia. Cuando arribó al hospital Clemente Alvarez y a pesar de los esfuerzos médicos, se apagó su vida.
Pero detrás de la noticia hay una historia sórdida con ramificaciones en muchos lugares infectados de la sociedad rosarina. Por un lado, JotaJota había salido de prisión hace menos de 45 días, tras pasar casi diez meses preso. No parece casual el ataque cuyos autores aún no están identificados. La primera hipótesis judicial pone la lupa en tema de barrabravas, pero no en cuestión de guerra entre la Canalla y la Leprosa sino en cuentas pendientes entre quienes manejan las tribunas más grandes de la ciudad. ¿Por qué? Primero por su pasado y después por su presente. Jotajota se había unido muy joven a los violentos de Central bajo el ala de Andrés Pillín Bracamonte. Junto a su hermano mayor, Gamuza, manejaban un grupo importante de Los Guerreros, la facción que era parte fundamental del ejército armado de Pillín. Y su ascenso en los últimos seis años en la barra había sido importante. Tanto que cuando el 9 de noviembre de 2024 Bracamonte junto a su ladero Daniel el Rana Attardo fueron asesinados a la salida de un partido contra San Lorenzo, muchos estimaban que JotaJota iría por el puesto.

Pero su vida pendía de un hilo: la banda Los Menores, liderada por el prófugo Matías Gazzani y acusada de cometer el doble crimen, lo puso en la mira. Gómez se bajó ante la imposibilidad de ganar una guerra que sabía perdida y Los Menores consagraron a Lautaro Laucha Ghiselli como el nuevo jefe. El poder había cambiado de mando. Pero la lealtad se paga: fue así que Los Monos, banda a la que respondía dentro y fuera de los estadios, le ofrecieron cuando pasó un tiempo prudencial sumarse a la barra brava de Newell’s y custodiar sus negocios allí junto a otro socio, Juan Domingo Ramírez, alias Cascarita, otro ex Guerrero que debió dejar el barco cuando Los Menores hicieron el abordaje. Para julio de 2025, ambos se pararon en el paravalanchas central del Coloso del Parque Independencia. Fue el día 20, en el partido que Newell’s jugó frente a Banfield y perdió dos a uno. La movida no fue bien recibida por muchos sectores: dos días más tarde Cascarita fue baleado por un sicario disfrazado de Delivery que le pegó ocho tiros y tras pelear por su vida dos semanas, falleció. Ramírez había tenido dos condenas por narcotráfico, otras tantas por delitos vinculados al fútbol pero la cercanía entre su llegada al paravalanchas Leproso y el ataque, hizo presumir que todo tenía que ver con la interna barra.
En ese momento, Jotajota Gómez tenía varios frentes abiertos. Pensaba que podía terminar como Cascarita si intentaba copar la popular pero también había quedado involucrado en una megacausa por asociación ilícita contra la Policía de Rosario, por un fraude millonario con el tema de los combustibles que subía hasta el ex jefe policial, Daniel Acosta. Si bien su nombre no figuraba en el proceso, algunos comentan que Jotajota sabía del tema y a eso se sumó que participó de un autoatentado para complicar a la Policía Provincial organizado por Norma Acosta, una mujer vinculada al mundo narco y que había hablado sobre el fraude de los combustibles.
Con semejante frente abierto, Jotajota estuvo prófugo menos de un mes y se entregó a la Justicia, sabiendo que su vida valía menos en la calle que en un penal. Imputado por abuso de armas e intimidación pública, estuvo preso hasta el mes pasado. Muchos se sorprendieron cuando se enteraron que sólo había pasado 10 meses tras las rejas. Y se empezaron a tejer hipótesis sobre sus posibles delaciones en medio del juicio contra la Policía que largó en mayo de este año. Por otro lado, también trascendió que estaba organizando con su hermano y un grupo de barras de la facción Los Guerreros un plan para retomar el poder en la barra Canalla, ahora que el Laucha estaba preso y Los Menores acosados por la Justicia. Y que eso fue lo que llevó al ataque que terminó con su vida.
Será tarea de la Justicia desentrañar un caso que vuelve a poner en el foco a Rosario y su entramado mafioso entre narcos, sectores policiales y barras con lealtad sólo al dinero y no a la verdadera pasión del fútbol. Algo que es moneda corriente en los estadios argentinos y que acaba de tener un botón de muestra más.
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