Las calabazas salpicadas de lunares y las habitaciones caleidoscópicas de Yayoi Kusama, quien falleció a los 97 años, resultaron tan vibrantes como la propia artista, aunque su exuberante obra refleja una larga batalla con problemas de salud mental.

Figura central de las escenas pop y minimalista de Nueva York en los años 60, la “reina de los lunares” japonesa encontró un enorme éxito comercial en sus últimas décadas.

Sus pinturas, esculturas e instalaciones de gran formato —inspiradas en alucinaciones vívidas— se vendieron por millones de dólares y llenaron las principales galerías del mundo.

Kusama, reconocible de inmediato por su peluca roja y sus atuendos de lunares, trabajó hasta avanzada edad desde el hospital psiquiátrico de Tokio donde vivió voluntariamente durante la segunda mitad de su vida.

Pero también sufrió con sus sentimientos hacia su país natal, que abandonó durante décadas y al que una vez describió como “lleno de desprecio hacia las mujeres”.

Nacida en 1929, la hija menor de una familia acomodada pero problemática, Kusama comenzó a crear sus característicos patrones de puntos y redes a los 10 años.

“Mi madre lamentó mi nacimiento y yo quedé al borde del colapso psicológico”, escribió en su autobiografía “Una historia personal de los lunares”.

“Un día, después de ver un mantel con un patrón de flores rojas sobre un escritorio, vi ese mismo patrón de flores rojas por todo el techo, las ventanas y las columnas. Llenó la habitación y cubrió mi cuerpo”.

El arte fue un escape para la joven Kusama, cuyo padre, comerciante de semillas, era infiel a su madre. “Cuando me sentía triste o sola, todo se curaba cuando dibujaba”, contó.

En el libro, Kusama explicó su concepto de “autoaniquilación”, un tema recurrente a lo largo de su carrera.

“Pongo puntos por todo mi cuerpo y hago que todo el entorno tenga patrones de puntos. Al crear lo mismo una y otra vez, mi propia existencia queda sepultada en el arte”.

‘Happenings’ de los 60

Kusama estudió pintura japonesa en Kioto, pese a la oposición de sus padres, y realizó su primera exposición individual en 1952 en su ciudad natal de Matsumoto, en el centro de Japón.

En esa muestra, conoció a un psiquiatra que le aconsejó trabajar en el extranjero, una idea que le atrajo.

“Japón era tan pequeño, vulgar, feudalista y lleno de desprecio hacia las mujeres”, dijo la artista. “Nací y crecí en Japón, pero no me influye la cultura ni la tradición japonesa”.

El impulso decisivo para hacer las maletas llegó cuando escribió a la pintora modernista Georgia O’Keeffe, quien animó a Kusama a buscar reconocimiento internacional en Estados Unidos.

Kusama se mudó a Seattle en 1957 y luego a Nueva York, donde luchó por encontrar su lugar como artista asiática en una escena creativa dominada por hombres blancos.

“Estuve en la peor pobreza. Una vez, no pude comer durante tres días porque no tenía dinero”, contó alguna vez al periódico japonés Asahi Shimbun. “Hasta comí las migas que dejaban las palomas”.

Perseveró y, durante sus 16 años en Nueva York, se convirtió en un nombre destacado del mundo vanguardista.

En plena efervescencia del movimiento de liberación sexual de los años 60, organizó “happenings” en los que la gente se desnudaba en Wall Street o en Central Park y les pintaban el cuerpo con lunares.

También lanzó una línea de moda, fundó la “Iglesia de la Autoaniquilación” y se autoproclamó “Sumo Sacerdotisa de los Lunares” para oficiar una boda gay.

Fama global

Cuando regresó a Japón en 1973, Kusama estaba agotada y se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde vivió el resto de su vida.

No fue hasta la década de 1990 que sus patrones llamativos, formas florales audaces y esferas de acero relucientes alcanzaron el gran público, sirviendo después como fondo para infinidad de selfies.

Las calabazas son su motivo más famoso y aparecen de forma recurrente en sus pinturas y esculturas gigantes.

La artista las llamaba sus “compañeras de vida”, asegurando que desde niña le gustaron por su “aspecto generoso y sin pretensiones”.

Kusama fue nombrada la artista más popular del mundo en 2014 por The Art Newspaper. También se convirtió en una de las más cotizadas, con uno de sus cuadros de la serie “infinity net” subastado en 2019 por casi 8 millones de dólares.

Ni la fama ni la fortuna afectaron su extraordinaria originalidad, que atribuía a la “serenidad del alma” nacida de la soledad.

“El pensamiento creativo nace de la soledad... porque estuve sola frente al arte, pude forjar mi propio camino”, declaró Kusama.

En sus últimos años publicó varias novelas, mientras sus exhibiciones seguían atrayendo multitudes.

“Mi deseo tras mi muerte es que el futuro eternamente brillante, la belleza del amor humano y mi alma sean transmitidos”, dijo Kusama a la prensa en 2017. “Amen mi obra, incluso después de que muera”.

Fuente: AFP